Nicolás Dávila Peralta / Punto de Vista

La ciudad de Puebla ha sido siempre considerada una ciudad conservadora y profundamente religiosa desde sus orígenes. Ese conservadurismo sustentado en la religiosidad, fue trasmitido de generación en generación desde la época de la Colonia hasta bien entrado el siglo XX.

Pese a esto, en la primera mitad del siglo XX, junto al conservadurismo tradicional se desarrolló el pensamiento liberal, sobre todo en la educación pública, y aparecieron las primeras células comunistas. Esta situación, sobre todo a principios de los años 60, impactó la vida política, religiosa y educativa en la ciudad y se reflejó en el conflicto que tuvo como principal escenario la entonces Universidad Autónoma de Puebla.

En la Máxima Casa de Estudios del estado se confrontaron los profesores y alumnos con una mentalidad liberal, con alumnos provenientes de las escuelas privadas católicas y la estructura de las autoridades universitarias ligadas a la vez con el avilacamachismo y con la Iglesia Católica.

Todo inició el 17 de abril de 1961, cuando los estudiantes que fueron identificados semanas después como “Carolinos”, realizaron una marcha en repudio a la invasión de Cuba por fuerzas anticastristas entrenadas y apoyadas por Estados Unidos. El sector religioso conservador reaccionó y con la bandera del anticomunismo enfrentó a los que consideró sus adversarios.

Para el mes de mayo, las autoridades de la arquidiócesis de Puebla calificaron a las acciones de los “Carolinos” como obra del “comunismo internacional” y convocaron a la feligresía a manifestarse en contra de esa infiltración en la Universidad.

Al tiempo que el 4 de junio se realizaba en el centro de la ciudad la mayor manifestación católica hasta entonces registrada en rechazo al comunismo, y en la que varios líderes llamaban a tomar el edificio central de la Universidad, el sector privado llamaba a una suspensión del pago de impuestos como un modo de presionar al gobierno para que reprimiera a los estudiantes.

Para entonces los “Carolinos”, organizados en el Comité Estudiantil Poblano, tenían muy claro lo que demandaban: la realización de una Reforma Universitaria que transformara toda la estructura de la UAP.

Por aclamación, los estudiantes habían elegido otro Rector, el médico Julio Glockner; pedían la derogación de la Ley Orgánica que establecía como máxima autoridad de la Institución a un Consejo de Honor, integrado en su mayoría por personas de convicciones políticas y religiosas de derecha; pero la demanda principal fue el respeto a lo establecido en el Artículo 3 de la Constitución: educación pública gratuita y laica.

La Reforma Universitaria de la BUAP inició en 1961, pero continuó hasta lograr que el Congreso del Estado aprobara una nueva Ley Orgánica que la derecha consideró como un triunfo de la “conjura judeo-masónica-comunista” que entregaba a la Universidad a los comunistas.

La estructuración de esta Reforma duró varios años más, hasta que en 1973 la derecha, representada por el Frente Universitario Anticomunista, abandonó la UAP para crear su propia institución educativa: la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, la UPAEP.

A partir de entonces, se fueron concretando poco a poco los postulados del movimiento de 1961: la Universidad fortaleció su Autonomía, aumentó su oferta educativa, amplió su influencia más allá de la ciudad de Puebla, fortaleció la investigación científica, dio impulso a las manifestaciones artísticas y se vinculó con la sociedad a fin de responder, desde el ámbito propio, al desarrollo de Puebla.

Hoy, cuando la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) celebra el sexagésimo aniversario del inicio de la Reforma Universitaria, está calificada como una de las mejores universidades del país, es reconocida a nivel mundial por la calidad de sus programas de estudio y de sus logros en investigación en todas las áreas del conocimiento. Hoy, en todas las regiones del estado existen unidades académicas de la BUAP. Pero en 1961 se pusieron los cimientos para la Universidad de hoy.

Retazos

Dice Lorenzo Córdova que el INE es el árbitro, que no juega, esto en respuesta a las últimas decisiones tomadas por el organismo encargado de organizar las elecciones más importantes de México. Cierto, es el árbitro, pero al parecer solo saca la tarjeta roja a los miembros de un equipo, mientras que a los otros ni siquiera tarjeta amarilla; de este modo sus decisiones tienen que ser apeladas ante el Tribunal Electoral. Vemos a los expulsados andar “de Herodes a Pilatos”.