Por: Nicolás Dávila Peralta / Punto de Vista

El 24 de marzo se cumplen 41 años del asesinato del arzobispo Oscar Arnulfo Romero Galdámez, defensor de los derechos humanos del pueblo salvadoreño con sus palabras y sus acciones en favor de los campesinos y los trabajadores en un país, El Salvador, en ese tiempo víctima de una sangrienta dictadura militar anticomunista.

Aun en contra de un episcopado que apoyaba mayoritariamente a la dictadura militar y que acusaba al arzobispo Romero de ser simpatizante del marxismo, el clérigo, hoy elevado a los altares por el papa Francisco, se mantuvo firme en el acompañamiento del pueblo pobre y en la denuncia de las atrocidades del gobierno militar.

Se han conservado para la historia de la iglesia en El Salvador, las afirmaciones finales de su homilía del 23 de marzo, un día antes de su asesinato y que sin duda fueron las que determinaron su muerte:
“…yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial, a los hombres del ejército, y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles: Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios que dice: No matar… Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado… En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión…!”

Tras su asesinato, muchas comunidades de Centroamérica y de otros países del continente lo empezaron a llamar “San Romero de América”.

Pero en esos años, cuando en el continente americano se establecieron en varios países dictaduras militares de tinte anticomunista, muchos otros clérigos, religiosos, religiosas y catequistas fueron encarcelados, torturados y asesinados por esos gobiernos, entre los cuales los más sanguinarios fueron los de Brasil, Argentina y Chile.

En Brasil, el testimonio del fraile dominico Tito de Alencar es uno de los que mejor revelan la crueldad de los militares anticomunistas; apresado, padeció las peores torturas: descargas eléctricas en los genitales, quemaduras en la boca, colgado de cabeza; liberado al fin, su crisis psicológica lo llevó al suicidio.

La dictadura de Pinochet en Chile sumó miles de cristianos -sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos- asesinados, torturados o desaparecidos.

En Argentina, el mismo Mario Bergoglio, entonces provincial de los jesuitas argentinos, tuvo que batallar para salvar de la cárcel a religiosos de su orden; la dictadura militar sumó cientos de cristianos encarcelados, torturados o asesinados porque “eran comunistas”, entre ellos un obispo. Lo más escandaloso en ese país sudamericano fue que los obispos no solo apoyaron a la dictadura, muchos de ellos negaron que hubiese persecución y acusaron a “cristianos comunistas”, de calumniar al gobierno.

Hoy el arzobispo Oscar Arnulfo Romero ha sido declarado mártir por el papa Francisco; sin embargo, un sector del catolicismo ha vuelto a resucitar el fantasma del comunismo y ha calificado al actual gobierno federal y al partido hoy en el poder, como parte de una conjura internacional que orienta al mundo hacia “un nuevo orden mundial” para implantar gobiernos comunistas.
Para ellos, el comunismo no solo está presente en Cuba o en China; para ellos, Rusia sigue siendo comunista, como lo son también los gobiernos de Venezuela y Bolivia.

Son pocos, es verdad, pero hay un grupo de clérigos, encabezados por el arzobispo emérito de Guadalajara Juan Sandoval Íñiguez, que desde el púlpito alertan a los fieles a no votar por el partido en el poder, porque lleva a México al comunismo; organizan rosarios, campañas de oración y ayunos para salvar a México “de las garras del demonio”.

Por esto, las marchas que en 2020 se realizaron en automóviles, con pancartas de “No al Comunismo”, “AMLO comunista” y otras por el mismo estilo, así como el plantón de casas de campaña en el zócalo de la Ciudad de México, son recursos de la derecha radical para resucitar a ese anticomunismo que asesinó a clérigos y fieles en América Latina y que dio muerte al arzobispo san Oscar Arnulfo Romero.

Son minoría, pero desde las redes sociales y desde los altares siembran el temor al comunismo y alertan porque a México lo están “entregando a Satanás” los gobernantes actuales.

Los anticomunistas del siglo pasado, así como sus hijos y nietos, mantienen el fundamentalismo y el fanatismo de los años 60 y 70, y buscan espantar al pueblo “con el petate del muerto”, para influir en las próximas elecciones.