Nicolás Dávila Peralta / Punto de Vista

El 10 de marzo, después de una intensa discusión, la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión aprobó la legalización de la marihuana para uso recreativo; la minuta fue turnada a la Cámara de Senadores.

La discusión tiene como antecedente el amparo otorgado por la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en 2015, a cuatro personas para darles acceso al cultivo, cosecha y uso personal de la marihuana con fines recreativos.

La legalización, que aún espera la aprobación del Senado y, en su caso, la promulgación por el Poder Ejecutivo, limita la posesión personal a un máximo de 28 gramos de cannabis índica; después de esta cantidad, la posesión estaría penalizada.

A raíz de esa decisión de la Cámara Baja del Poder Legislativo y su segura aprobación por el Senado, se mantiene la discusión sobre los beneficios económicos, de seguridad pública y de salud que derivan de esta aprobación, así como sus repercusiones en la educación de las nuevas generaciones y el impacto que esto tendrá en el combate al narcotráfico.

Quiero referirme solamente al aspecto de salud y para eso, voy a presentar la opinión del National Institute on Drug Abuse (NIDA) de los Estados Unidos, dirigido por la doctora Nora D. Volkow (http://www.drugabuse.gov/es/publicaciones/serie-de-reportes/la-marihuana).

Si bien es cierto que el consumidor puede experimentar una euforia placentera, sensibilidad en la percepción sensorial y del tiempo, risa y aumento del apetito, el NIDA afirma en su artículo, actualizado en septiembre de 2015, que algunas personas experimentan ansiedad, miedo, desconfianza o pánico.

Asimismo, señala que “la marihuana perjudica la memoria a corto plazo, el juicio y distorsiona las percepciones, su uso puede perjudicar el rendimiento académico o laboral y hacer que sea peligroso conducir un automóvil”.

Además de esos riesgos, el documento señala los peligros adyacentes a los que se enfrenta la persona que consume este estupefaciente desde la adolescencia, ya que afecta sistemas cerebrales “que se continúan desarrollando hasta aproximadamente los 25 años de edad”, lo que afecta su desarrollo intelectual y la persona tiene un riesgo mayor de volverse adicto a la marihuana y de ahí saltar a otras drogas.

El NIDA clasifica las consecuencias del consumo “recreativo” de la marihuana en tres tipos: agudas, persistentes y empedernidas.
Entre las consecuencias agudas señala el deterioro de la memoria a corto plazo; la disminución de la atención, el juicio y otras funciones cognitivas; el perjuicio a la coordinación y el equilibrio. Asimismo, aumenta el ritmo cardiaco, provoca ansiedad que puede llegar a la paranoia y en algunos casos, a la psicosis.

Las persistentes son aquellas que se mantienen en el consumidor incluso después de los efectos inmediatos y disminuyen con el tiempo, y son: el perjuicio a la capacidad de aprendizaje y la coordinación, así como el insomnio.

Por último, señala el NIDA, las empedernidas son resultado permanente del uso continuo de esta droga; enumera entre ellas: la adicción, la pérdida parcial del coeficiente intelectual y los riesgos de sufrir tos crónica y bronquitis, desarrollar esquizofrenia y presentar ansiedad, depresión y lo que se llama síndrome amotivacional.

Se le llama síndrome amotivacional a una serie de conductas que reflejan la falta de integración del consumidor de marihuana con el resto de la sociedad, y que se reflejan en apatía, pérdida de eficacia para desarrollar trabajos, falta de concentración y frustración; situaciones todas que pueden llevar al adicto a la marihuana a conductas delictivas o de desadaptación social.

Como lo señalé líneas arriba, no es mi intención asumir una postura sobre la conveniencia o no de legalizar el uso de la marihuana, sino aportar algo a la discusión: los efectos que el consumo de este estupefaciente produce en el individuo y los riesgos que conlleva el uso de esta droga en la adolescencia, sector poblacional más expuesto al uso de ella, principalmente cuando no hay un ambiente familiar que le inculque y lo lleve a vivir los valores humanos fundamentales.