En los años 70 se estrenó en la Ciudad de México la obra teatral “El diluvio que viene”, con Héctor Bonilla en el papel estelar. La obra trata de un sacerdote que recibe una llamada directa de Dios que le avisa que está próximo un  nuevo diluvio y solo él y una mujer se salvarán. La obra concluye con la suspensión del diluvio, porque el cura decide correr la misma suerte que su pueblo, con lo que Dios se ve obligado a suspender el castigo.

En la obra, la decisión de Dios deriva de una corrupción de las costumbres de la humanidad; el cura argumenta de diversas maneras la injusta decisión divina y pone en entredicho la decisión de salvarlo a él junto con una mujer:

– Pero soy sacerdote y soy célibe, argumenta el clérigo.

– ¿Quién determinó eso?, le responde Dios.

En la obra hay tres mensajes claves: la situación de la humanidad, la decisión divina y la decisión del sacerdote.

La situación que la obra pinta es muy semejante a la que hoy vivimos: trastrocamiento de los códigos éticos que deriva en corrupción, abuso de poder, vicios, ruptura de la relación de amor en las familias. Esta situación mueve a Dios a provocar un diluvio.

Desde mi punto de vista, no puede haber por parte de la divinidad una determinación tan extrema como la eliminación del género humano, pero esa figura del diluvio evoca la determinación humana de acabar consigo mismo.

Salvo algunos filósofos de la destrucción, la mayoría consideramos a la especie humana como intrínsecamente buena. Nadie nace con la maldad en la mente y el corazón. El recién nacido es una tabula rasa, una mesa limpia, una vida abierta al bien.

Conforme pasan los meses y los años, el niño va asimilando las costumbres, tradiciones, pensamientos y acciones de su entorno. A esto llamamos educación y tal no se recibe en la escuela, sino en los brazos de la madre y del padre, en el calor y la sonrisa de los hermanos, de los abuelos y los tíos. En otras palabras, la educación inicia el mismo día del nacimiento y se desarrolla en los primeros años de vida, muchos antes de que el infante llegue al Jardín de Niños.

Es ahí donde conocemos y vivimos los valores humanos, pero es también ahí donde podemos experimentar y aprender los antivalores de la corrupción, la violencia, el egoísmo, la ambición, la pereza; después viene la escuela donde se adquieren nuevos valores (o antivalores).

Pero dentro de esta educación que se recibe desde los primeros meses de vida entra la relación con el resto de la sociedad y con la naturaleza que es nuestra casa común.

Hoy, prevalece la ambición y la pereza que llevan al descuido de la naturaleza y, en el peor de los casos, a su destrucción, fruto de una industrialización irresponsable que lleva a la contaminación de ríos, mares y mantos acuíferos, la deforestación y el desplazamiento de poblaciones enteras de sus tierras originales para ubicarlas lejos de su entorno.

Vivimos una situación de irresponsabilidad con el mismo ser humano que ha derivado en una enorme brecha entre los que acaparan la riqueza del mundo y una inmensa mayoría que camina entre la pobreza y la miseria. A esto hay que unir las guerras, las masacres de gente inocente y las migraciones hacia otros países que, a su vez, tratan al migrante como delincuente o esclavo.

No necesitamos, pues, un diluvio divino, ya nosotros mismos estamos preparando el diluvio al destruirnos y destruir nuestro entorno. Bien podemos hablar del diluvio que viene.

Tercer aspecto es la decisión del sacerdote. Cuando Dios lo ha elegido como patriarca de la nueva humanidad, él decide abandonar la barca de salvación y lanzarse al agua para correr la suerte del resto de la humanidad.

La lección es clara: el camino para evitar ese diluvio que viene es la solidaridad. Solidaridad entre los seres humanos, pero también solidaridad con la naturaleza sufriente. Si sentimos al medio ambiente como parte de nuestra vida, lo cuidaremos, pero cuando sentimos que el otro, es ser humano que está a nuestro lado es parte de nuestra vida, seremos solidarios con él.

Frente al diluvio que viene, responsamos con solidaridad.