Gabriel Sánchez Andraca

Francisco Vélez Pliego, uno de los aspirantes a la Rectoría de la BUAP, propone un debate entre los aspirantes al cargo, sobre la problemática de la Universidad y las características que los cambios sociales imponen a la institución en la época actual.

El ex director del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP, afirmó que su participación en el proceso de renovación de la Rectoría de la institución, dependerá de las condiciones de equidad: “Hasta ahora lo que he visto, es que una parte del aparato de la Universidad está promoviendo a una doctora, muy estimada, Lilia Cedillo, que ha estado siendo arropada en los boletines oficiales y eventos. Es correcto que quienes concurramos a una posible candidatura a la Rectoría, tengamos un debate amplio, sobre la problemática de la educación superior oficial, en lo general y de la BUAP en particular”.
“No me gusta el término oposición. El esfuerzo que desplegamos es frente a la observación de que el entorno está cambiando y esto es algo que va a obligar a la institución a cambiar”, señaló.

Informó que un grupo de directores e investigadores y también estudiantes de varias universidades oficiales, están organizando una serie de foros sobre los “Retos de la Educación Superior frente a los procesos de cambio”. “Había una vez en el país una ley general de educación superior. Se tiene la necesidad de crear una nueva Ley General de Humanidades, de Ciencia y Tecnología”.

COMO SE VE, LA LUCHA POR LA Rectoría de la universidad oficial más importante del estado, está muy lejos de los años sesenta y setenta, cuando los grupos universitarios dirimían sus diferencias a golpes, con insultos y descalificaciones, situación que continuaba durante meses o años después de realizado el proceso.

Hace más de medio siglo, en esa lucha por llegar a la máxima autoridad universitaria, se veía infiltrada por el poder público, el poder eclesiástico y el poder del sector privado. Eso parece que ya es historia.

En este espacio le platicábamos el miércoles pasado, de lo que expresaron los miembros de la agrupación “Transformación Universitaria” que pretende que la universidad oficial en general, forme profesionistas con conciencia social, que los médicos, abogados, ingenieros, etc., que se produzcan en las instituciones de educación superior financiadas por los gobiernos federal y estatal, sirvan a toda la población por igual y no concentren sus actividades solo a quienes pueden pagar sus servicios.

Dijeron que los aspirantes que habían sido mencionados, eran más de lo mismo y que ellos pugnan y pugnarán por una universidad democrática y científica.

LO DICHO POR FRANCISCO VÉLEZ PLIEGO, facilitará las cosas.
Su propuesta de debatir públicamente el tipo de universidad que la realidad nacional y local exige, es correcto. La democratización de la sociedad debe abarcarlo todo y en especial a sus centros de educación superior, que deben ser ejemplo para todos los sectores sociales de respeto, libertad y tolerancia.

Ya no se está en los años sesenta o setenta, estamos en un nuevo siglo del que ya está casi terminando su primera cuarta parte.
Hay respeto a las autoridades universitarias por parte del Estado, de la Iglesia y del sector privado y así debe ser para tranquilidad de todos.

Los años vividos en la segunda mitad del siglo XX por la sociedad poblana con motivo de un movimiento estudiantil universitario, agobiado por la falta de libertades dentro de la institución, que estaba sometida a la voluntad de poderosos grupos de interés político y religioso, marcaron toda una época que nadie querría repetir.

La propuesta de un debate abierto, público y respetuoso, es una forma civilizada y democrática de resolver el asunto del cambio de gobierno en la Institución de educación superior oficial, más valiosa del Estado y una de las más importantes del país.

Numerosos priístas que leyeron la columna en la que informamos de lo dicho por dirigentes de la Confederación Campesina Mexicana, consideran que la renovación del Partido Revolucionario Institucional debe empezar por convocar a una asamblea nacional para determinar qué se puede y se debe hacer para relanzar al partido surgido de la Revolución de 1910, que pasa por una etapa que lo coloca al borde de su extinción.

El cambio de nombre, para empezar, no es una mala idea, nos expresaron algunos, pero no solo eso, cerrar la etapa neoliberal y abrir otra en la que lo que prevalezca sea el discurso nacionalista y revolucionario que fue su esencia durante mucho tiempo, pero sobre todo acciones eficaces para resolver los graves problemas que confronta la nación, precisamente por el cambio de los principios que fueron la base del partido durante casi todo el siglo XX. Esto debe ser cuanto antes pues no hay tiempo que perder, opinan.